Enrique Carriazo
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Descubrí muy temprano que había gente feliz. Me preguntaba: ¿qué los hace felices? Los escritores parecían saberlo. O, por lo menos, sabían por qué no eran felices los que no lo eran.
Por eso quería aprender a escribir. Pero la vida es juguetona —jodida, diría mi mamá—, porque, queriendo ser escritor, creyeron que era actor.
La historia es que fui a inscribirme en un curso de escritura y allá me dijeron que era solo para actores. Me preguntaron: ¿usted es actor? Como siempre ha estado conmigo ese juguetón que ha llevado a este miedoso a lugares a donde no habría ido nunca; entonces, como si hubiera nacido en un escenario, como si alguna vez hubiera dicho: «Me tomo el tete después de función» o «que me cambien los pañales entre Hamlet y Otelo», respondí: «Sí, señor, soy actor».
Al fin y al cabo, ¿qué podía pasar? Pues sí pasó: resulta que lo que escribíamos no era para leerse, sino para actuarlo uno mismo.
Entonces me tocó actuar.
Siempre hacía dos personajes.
El que hacía perfecto era el de una persona que fingía querer ser actor; ese tenía un solo público: yo mismo.
Un día, Fernando Peñuela, uno de los directores, se acercó y me ofreció ser parte del grupo La Candelaria. Por eso quiero tanto a Fernando: porque él sabía lo mío, pero siempre me trató como si no lo supiera.
En el grupo, lo único que quería era aprender de los felices, pero estaba sufriendo más, porque mentir entre profesionales cansa. Afortunadamente, Alvarito Rodríguez y Coco Badillo también sabían que algo pasaba, pero me ayudaban con la ternura con la que se ayuda a quien no se le puede decir que se le está ayudando.
Cansado de mentir en teatro, creí que era hora de cambiar, de tomar una decisión radical y la tomé: ahora mentiría en televisión.
Quería aprender de los escritores de televisión, que cogían la felicidad, la ponían boca abajo para que le escurriera lo feo, la maquillaban, le iluminaban la carita y la presentaban como hija única. Pero cuando entré, me di cuenta de que ahí la felicidad no se dejaba atrapar, porque estaba hecha de luces artificiales, y cuando se apagaban, se escabullía por donde no había entrado.
Entonces reescribía las escenas en las que actuaba para hacerle saber al espectador que yo quería ser uno de los suyos, que iba tras su felicidad.
Salía a la calle y me encontraba con amigos que no conocía, que me repetían lo que yo había reescrito, y me miraban extrañados de lo feliz que me hacían.
Para eso escribo.