Enrique Carriazo
Una mujer,sentada a mi lado, al verme leer en un avión, me dijo
—Estoy agradecida por lo que los escritores hacen por mí.
Busqué algún comentario inteligente que hacer; avanzamos unos kilómetros y no encontré ninguno. Pensé que iba a pedir que la cambiaran de puesto.
Ella se quedó mirando la tarjeta de seguridad, esa que explica qué hacer cuando ya no hay nada que hacer. No volví al libro: tenía a alguien a mi lado que no creía en mi comprensión lectora, y me dediqué a mirar por la ventana como si supiera dónde estaba. De repente, pegó su cuerpo contra el mío, como si la estuvieran empujando, y, sin mirarme, me dijo:
—Siempre escriben sobre mi vida.
Y, sin esperar nada de mí, habló como si estuviera leyendo la información de la tarjeta:
—Le ponen al personaje un nombre diferente al mío, para que no me angustie, porque saben que está librando una batalla para la que yo no tendría fuerzas.
Se recostó y cerró los ojos. Me quedé quieto para que no despertara.
Pero, sin abrir los ojos, habló despacio, como si estuviera hablando sola:
—Cuando termino de leer, sé que yo habría podido librar esa batalla sola. Sin ayuda. Pero también sé que, sin la ayuda del libro, nunca habría sabido que no necesitaba ayuda.
Me quedé mirando la tarjeta de seguridad que ella había mirado, donde a un cigarrillo le habían puesto una línea roja encima, pero él seguía encendido.